sábado, 16 de noviembre de 2019

Teoría del Ruiseñor, y otros poemas

[Por: Eugenia Cabral]




Interior


Nadie me espere en miércoles ansioso.
Estaré sólidamente a solas 
por regiones antediluviales.

Iré dibujando en los huesos de mis pies 
las sandalias de caminar hacia la muerte.

Llevo el semblante sereno y solitario 
como un árbol que aguarda en la planicie.

[De El buscador de soles, Editorial de la Municipalidad de Córdoba, 1986.]



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Hay cuatro calles en la ciudad donde vivimos que, en sentido anti-horario, son: al Sur, la calle del cementerio, de donde vienen los vientos fríos; al Este, la calle de las oficinas públicas, que nos veda la salida al mar; al Norte, la calle de los mercados, hacia donde parten las caravanas; y, al Oeste, la calle de los pecados, hacia donde crece la ciudad…

[De Iras y Fuegos, Editorial Último Reino, 1996.]



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Así era mi gente: violentísima.

Era un bocado sangriento, la ira, 
violáceo y dulce.
Bastaba una señal
y comenzaban  a devorar la rabia.
Todo era alimento, 
picor venéreo,  
sal y fragua, 
hornalla y caldero.

Limé su filosofía 
hasta volverla polvo de muebles heredados, 
insecto que se deshace –entre el pulgar y el índice–
a la sola mención del tiempo.

Hundieron la cabeza entre los hombros  
y nunca más fui de verdad amada.
Mis madres ya no me conocían.

Estuvimos solas.
Como perros atados a cadenas.

[En “Documento secreto”, sección de Cielos y Barbaries, Alción Editora, 2004.]



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          Fragmentos


                   1

Luna oval que con su palidez enfría
la incandescente luna del espejo
y la imagen idéntica al rostro
mas no a la imagen que de sí mismo
se formara quien pertenece al rostro
como a una patria misteriosa,
y, luego, ¿qué patria no lo sería?
                                                    
                                                                                                        
                    2

Hay una grieta por donde espiar el baldío.
La discordancia e íntima condonación
de una habitación a otra  –todo como avergonzado–,
gestadas en el vértigo y la paciencia de los días;
la pena de la estructura al desnudo donde alguna
desteñida flor de empapelado exhibe el rosa de la tristeza
–todo como vencido por una luz amarilla
y por las hebras protoplasmáticas del gris– ;
el viento, atravesado de aprehensión al rozar
la huella que imprimiera la sombra de las columnas
sobre la galería, como si algo se hubiera resguardado
de excesos, mantenido reservas
con las que recomenzar la vida o seguir
sosteniéndola, reivindicando un antiguo acto de amor.

El tronco hachado a ras del suelo y deshidratado,
sin redención posible.

Imágenes postrimeras. Aptas para excelente fotografía.
Desvalidas ante el dictamen de insanía. Viejas y locas.


[De Tabaco, Editorial Babel, 2009.]


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            Bautismo

He temblado junto a la pila bautismal
en la iglesia a oscuras. He temblado al verte de perfil
porque parecías un galo de la Alta Edad Media.
El techo de la nave central es combado y tiene costillas doradas
y pinturas en rojo. Temblaba en esta ciudad americana
y te señalé los santos tallados por aborígenes,
a lo largo de la nave izquierda. En esta ciudad o en esotra.



Somos criollos de varias generaciones, argentinos,
de apellido hispano, de cultura rioplatense,
de costumbres pampeanas, de silencios federales.
Si festejamos la patria comemos a la usanza del Noroeste,
si filosofamos lo hacemos a lo porteño
(la zamba marechaleana de la escisión).
En esotra ciudad o en ésta.



Agradecí a la penumbra que no le permitiese al temblor
avergonzarme. De pronto el ritmo de las frases no coincide,
el temblor ha desencajado alguna articulación.
Como gozne y goce, una es vértigo, la otra, silbo.
Un desplazamiento de placas, un prefacio a la falla de San Francisco.
Pero los desastres de la melancolía se perciben a solas.
Un cloqueo, un chasquido se levanta con dificultad desde la greda
y, anfibio, atraviesa el patio, llega a la ventana.
Los dos somos jóvenes –él de catorce y yo, de doce años– y temblamos,
bajo el hedor acre de las vestiduras,  en el siglo XIII,
ya no somos coloniales y barrosos españoles
desafiando a las autoridades del virreinato:
somos judíos conversos  y sabemos leer.
Después nos convertimos en arrianos y vuelta a perseguirnos.
Más atrás aun en el tiempo, éramos adúlteros y nos lapidaron.
Entonces nos hicimos hinduistas y nos despreciaron.
Cometimos incesto y nos quemaron.
Mezclamos nuestras etnias y nos apartaron.
En esta ciudad y en esotra.
“Amor constante más allá de la muerte”,
nadie podría vencernos, salvo una clara eternidad.



Miré hacia el altar católico y sentí llegar desde vos
esa como ansiedad fastidiosa, esa exquisita fatiga
que te absorbe hacia los corredores del laberinto,
como los embudos de los ríos serranos a los nadadores angélicos.

Y supe lo de siempre: que, para el gran río,
representamos apenas un sorbo dulzón, como la sangre,
un puñado de moléculas y de entropía.


[De En este nombre y en este cuerpo, Editorial Babel, 2012.]


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         Teoría del Ruiseñor

Los ángeles atraviesan
un siglo de constelaciones artificiales.

Cuánta locura del lado de los Inocentes                                                       
(el hombre que toca la flauta
hundido en el pozo,
Jacobo Fijman
en la prisión psiquiátrica,
Artaud en el país tarahumara,
Juan L. Ortiz
a orillas del Paraná).

Podemos navegar por un dólar
en aguas del Leteo.

Por eso el Ruiseñor
no acude a la feria.
Consciente de la belleza infausta del mundo
la aborrece y la teme.

Y opta por la oscuridad.


[De La voz más distante, Pan Comido Ediciones, 2016.]

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